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La Coctelera

HELEN BARRETO

LA JUVENTUD ESTA EN EL ALMA

Categoría: CUENTERIA

12 Junio 2007

cuenteria universitaria

DEL ESPACIO DE CUENTERÍA UNIVERSITARIA

Jóvenes colombianos universitarios relatan cuentos a otros universitarios. Algunos de estos narradores se han formado en talleres, otros lo han hecho por cuenta propia. El hecho de que nuestros jóvenes quieran contar parece inusual para su edad. No se conoce que este fenómeno suceda con igual fuerza en otros lugares del mundo, ni tampoco que exista el gran número de gente joven deseosa de escuchar historias; esto hace de Colombia un ejemplo que ya se contempla con interés y admiración. ¿Cómo entender que acontezca este hecho en un país tan violento y en un mundo "tan moderno"? Posiblemente éstas son algunas de las razones por las cuales desde 1988 se están construyendo y solidificando los espacios de cuentería universitaria; espacios que propician el intercambio de palabras, de comportamientos, de sonrisas, de recuperación de ritos que necesita el ser humano para vivir experiencias diversas.

Para entender este fenómeno se realizó una investigación que fue patrocinada por la Decanatura de Estudiantes de la Universidad de los Andes (Bogotá, 1997-1998). Se entrevistó a alumnos, docentes y cuenteros -nacionales y extranjeros- de esta manera se pudo conocer, desde el punto de vista de cada uno, su percepción sobre el arte contar y el arte de escuchar; así mismo se estudiaron, desde sus respuestas

Nacen los espacios de cuentería universitaria

En el año de 1988 coincidieron ciertas circunstancias que determinarían que se constituyera en un hecho el que los jóvenes tuvieran espacios específicos para contar y ser escuchados. Estudiantes y profesionales, de varias disciplinas, asistieron en el 88 a unos talleres de formación de narradores orales que se impartieron en el TPB y en la Biblioteca Nacional en Bogotá. Los talleres estuvieron a cargo del cubano Francisco Garzón Céspedes -comunicador, docente, teatrero- quien llevó a los asistentes a pensar en cuál sería su público y cuál sería el espacio en que se presentarían. Así fue que unos de los presentes, alumnos de la Universidad Javeriana, decidieron escoger un espacio dentro del campus de dicha institución. El vínculo de la cuenteria con la universidad se fue extendiendo a otras universidades; de esta manera se ha nutrido el movimiento de cuentería colombiana a diferencia de otros países.


Por Ángela María Pérez Beltrán, PhD

De Colombia

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12 Junio 2007

cuento


Un hombre solo ®

Qué piensa un hombre solo. No un hombre que esté solo. Sino un hombre que acaba de darse cuenta de que es solo. Digamos, por ejemplo, un tipo que llega a su apartamento, como rutinariamente lo hace, enciende la luz de la sala, la del comedor y la del baño, orina, apaga la luz del baño, enciende la de la cocina, rastrilla un fósforo para prender la hornilla izquierda de la estufa donde calentará la leche para prepararse un café, mira por la ventanita la noche temprana, busca en la despensa el pan y la mantequilla, apaga la hornilla y mezcla el café instantáneo con la leche humeante, se sienta, piensa que podría leer algo mientras tanto, siente pereza de caminar hasta la sala para buscar el periódico que dejó doblado en la mañana, le unta la mantequilla a una tajada de pan blanco, y justo cuando le va a dar el primer mordisco, se pregunta:
– ¿Y ahora qué hago?
Muerde el pan, que comienza a apelmazarse por no ser masticado. El hombre –no lo llamemos Bruno, sino Efraín– pasa el bocado. Toma un poco de café, se da cuenta de que le falta azúcar, se levanta a la despensa donde de una vez guarda el frasco con café instantáneo, en la gaveta busca una cucharita nueva para no ensuciar el azúcar, la coge con la mano derecha y hace pequeños círculos dentro del pocillo. Piensa. En nada, pero piensa. Se lleva la otra mano a la quijada, se acaricia la incipiente barba de doce horas, extravía la mirada. El café se ha enfriado y el hombre se da cuenta de que la víspera le sucedió lo mismo. Lo bebe como está, lava el pocillo, el plato y las cucharitas, los seca y los guarda, lo mismo que la azucarera.
– ¿Entre anoche a esta misma hora y hoy, qué he hecho? ¿Qué hago?
Busca una botella de vino tinto chileno, se sirve en una copa alargada, firme, con una base muy pequeña que haría temer por su equilibrio.
– Me preocuparía más por mi equilibrio si me tomo dos o tres copas –piensa mientras saborea.
Se dirige a la sala –el apartamento es pequeño, sin lugar para un estudio–, donde ha instalado una biblioteca y muchos discos compactos. Elige uno, al azar. Lo devuelve a su puesto, seguro de haber dejado las cajas plásticas perfectamente alineadas. Selecciona el Concierto en la menor, para violín y orquesta, de Johann Sebastian Bach. Se apoltrona. Nada escucha, pese a que el moderno equipo de sonido tiene el volumen alto. Vuelve a no pensar.
El hombre, dijimos que su nombre no es Bruno sino Efraín, siente frío. Desata el nudo de la corbata, justo cuando Franco Macci ha dado la última indicación a la orquesta para que cese el Allego assai. Empieza a pensar. Efraín empieza a pensar.
– ¿Y ahora qué putas hago?
Permanece de pie, el cordón del zapato derecho desatado, la copa vacía en la mano izquierda, la americana en el sofá. Se sienta, desamarra el otro zapato y se despoja de ambos. Por la alfombra mullida –esa palabra siempre me ha gustado– camina hacia el bar, donde de nuevo llena la copa. Bebe con desafuero y un hilillo se desliza por el cuello. De prisa se quita la corbata y la camisa, permite que el vino moje el pecho lampiño. Le habría gustado que una mujer lo acompañara en ese instante, para que el vino no se desperdiciara. Mejor no.
– Que se seque solo –decide.
– Solo –repite–. Solo.
Con los ojos recorre los cuadros que adornan las paredes y recuerda que Picasso dijo que el arte no se hizo para decorar apartamentos. Sonríe. Una reproducción de Guernica, cuyo original él vio en el Casón del Buen Retiro, en España, pende en la pared del comedor. Un bombillo en el centro de un ojo con rayos de sol, alumbra la agonía. Efraín deja de sonreír y enciende la luz de la lámpara de pie. Apaga los demás focos. Vuelve a mirar el cuadro. Busca uno más esperanzador y encuentra un original de María José, comprado cuando ella era aún desconocida. Es la cabeza de un gato verde, con unos gigantescos ojos rojos.
Efraín llena, de nuevo, la copa.
– ¡Qué carajo! –piensa en voz alta.
Le agrada su propia voz y decide continuar pensando duro.
– Duro o en voz alta, habría que preguntarle a un lingüista si caben los sinónimos. Porque no es que esté hablando muy duro, apenas podría escucharme yo, es la música la que está duro.
Le baja el volumen al equipo, donde ahora suena el Concierto en sol menor para violín y orquesta, de Johann Sebastian Bach, en el mismo disco compacto, pero bajo la dirección de Helmut Rilling. Primer movimiento, Moderato.
(No me gustan los paréntesis sino los guiones, pero podrían confundirse con la entrada para un parlamento. Sin embargo, debo aclarar que cualquiera que lea esto podrá tildarnos a Efraín y a mí de pretenciosos, falsamente eruditos. No. Sólo estoy copiando lo que dice en letras blancas sobre un fondo negro en la cajita del disco. Cierro paréntesis).
– Ahora me escucho mejor. Y puedo preguntarme qué hacer. No en este instante, ni dentro de un ratico, sino en la vida. Qué hacer. Así se llama un libro de Lenin, que leí hace muchos años, en la universidad, cuando me preparaba para hacer la revolución.
Efraín se niega a recordar, piensa que habría demasiados reproches, para los que debieron dirigir el alzamiento popular que le diera al proletariado el poder. Y reproches también para él mismo, así que prefiere eludir el tema.
– Entonces, ¿qué pienso? –piensa.
El juego de palabras le parece gracioso. El disco se apaga y el apartamento permanece en silencio, como Efraín, quien rompe la quietud para encender una varita de incienso, como lo hace siempre que espera una visita especial. Observa el humo en volutas que se estrellan contra el techo de madera machihembriada y se esparce horizontal, como buscando salida. El aroma invade la estancia (otro paréntesis para comentar que ese término alude a una construcción rural y en este caso se trata de un apartamento –departamento, como dicen los mexicanos y los españoles– citadino, como quien lo ocupa; sin embargo, me parece que, para este caso, aplica).
El timbre del teléfono rompe la soledad. Una, dos, tres veces. Cuelgan. Vuelve a timbrar, hasta cinco veces.
– Me dijo que iba a estar a esta hora –piensa alguien al otro lado de la línea.
Efraín se niega a contestar, pero no desconecta el aparato, como podría creerse que haría alguien que quiere plena tranquilidad. El repique ensordece la soledad.
– Mejor solo que mal acompañado –grita Efraín, quien sonríe y permanece con los labios apretados, imaginando cómo se ve su cara. Conserva la expresión mientras camina en busca del espejo del baño, donde todos los días se rasura.
– Era ella. Nadie más me va a llamar –dice mentalmente, mientras observa con detenimiento la mueca reflejada.
– Parezco bobo. Ridículo, por lo menos.
El teléfono deja de repicar.
– Debí contestarle. No para que viniera, con su melosería y esa vocecita que imposta para agradar. Me podría dar un masaje en el cuello y hasta quién sabe dónde más. Pero no la voy a llamar y espero que tampoco vuelva a marcarme. Mañana le digo que me quedé dormido temprano, y listo.
Efraín mira la hora.
– Es tarde. Solitariamente tarde. Aburridoramente tarde. Angustiosamente tarde. Así no tengo que hacer nada. Hasta mañana, yo.
Efraín se desnuda, deja un reguero de prendas en la sala, apaga las luces, se lava los dientes, orina, se acuesta. No piensa. Cierra los ojos y duerme.
El despertador suena. Efraín estira los brazos, siente su desnudez, mientras se afeita recuerda la mueca de anoche frente al espejo, se viste, calienta leche que mezcla con café instantáneo, le unta mantequilla a una tajada de pan blanco, hojea el periódico que deja en la mesa de centro de la sala, recoge la ropa y la tira en el cesto a la espera de que mañana acuda la señora que lava y plancha, se lava los dientes, orina, revisa el brillo de los zapatos, anuda la corbata, sale. Da doble vuelta a la llave. Nada recuerda.

Javier Correa Correa
Bogotá, 13 de junio de 2003

suuuuuper!!!!!!!

http://www.cuenteros.org/es/textos/1/40513/

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12 Junio 2007

LA CUENTERIA

CUAL ES EL CUENTO DE LOS CUENTEROS?

http://www.plazacapital.org/articulo.php?articulo=268

Las cualidades histriónicas son fundamentales para la interpretación de un cuento. Fotos:Felipe Rodríguez/Plaza Capital

Hace muchos años en las calles colombianas la cuentería era vista como sinónimo de rebusque. Ahora su imagen ha cambiado sustancialmente, a tal punto que sus mayores representantes la consideran un arte, y lo mejor es que muchos bogotanos desde hace un par de años están pensando de la misma manera.

La cuentería nace como un espacio en el que se desarrollan cientos de historias, unas reales y otras no tanto, que invitan al público a creer en algo mas allá de lo real, a soñar, a ver su historia reflejada en la del protagonista. Los cuenteros tienen la inmensa responsabilidad de pararse frente a un público escéptico, sacarlo de su realidad y llevarlo a un paseo por un mundo de sensaciones e ideas fantásticas, donde cada uno tiene la libertad de imaginarlo como quiera.

Hugo Debia, más conocido como “Tato”, inicia el espacio con una serie de cuentos cortos para animar al público.

¿Cómo nació la cuentería en Bogotá?

La cuentería, como medio de entretenimiento urbano, llegó a Bogotá hace más de 20 años por influencia netamente cubana y española. A través de los años, la juventud la acogió como un “hobbie” y durante mucho tiempo se contó en sitios exclusivos, pero con el tiempo la gente la fue conociendo y poco a poco tomó un carácter más público. El primer espacio de cuentería al aire libre se creó en el Chorro de Quevedo, en el centro de Bogotá, que por ese aire bohemio, cultural y académico que se percibe allí, fue el sitio ideal para que los cuentos tomaran vida en las voces de unos jóvenes narradores.

Para Ricardo Quevedo, cuentero de Ciudad Salitre, otro de los sitios escogidos para exponer este arte, “ser cuentero es un placer. Es un grado de excitación muy chévere pararse frente al público y hacerlos reír con una historia, es emocionante que la gente disfrute escuchar un cuento, que la gente sueñe, llore,… y me agradezca. Es muy bonito saber que lo que uno compone lo puede hacer auditivo, lo puede hacer un cuento”.

En el más básico de los libros de literatura define el cuento como una narración corta, en la que intervienen personajes que realizan acciones en un lugar y tiempo determinado. Dentro de la narración puede aparecer también un diálogo directo. Estas historias son contadas por un narrador que habla de cosas que le suceden a otras personas o a sí mismo. En este último caso, él será un personaje del cuento. Pero para Hugo Debia, con nueve años de experiencia en la cuentería, “un cuento es un mundo de fantasías y realidades que se plasma en palabras”.

La cuentería debe entenderse como un arte y su principio básico como cualquier otro arte es que la persona que lo hace debe tener las aptitudes. En este sentido, Debia afirma que “quien decide ser cantante es porque tiene buena voz, quien decide ser pintor es porque desde pequeño le gustó pintar, quien decide ser escultor es porque maneja bien las manos y quien decide ser cuentero es porque desde pequeño tiene la capacidad de hablar, de ser creativo, de llamar la atención, de hacer reír”.

Por FelipeRodríguez Lozano
Plaza Capital

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HELEN BARRETO

CUARTA, Colombia
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HOLA MUCHACHOS Espero se encuentren muy bien; siempre he pensado que no importa como esten tus finanzas o tu corazon siempre y cuando conserves la esperanza y la actitud hacia la vida. Les cuento, trabajo en una prestigiosa compañia de seguros, soy estudiante de Administraciony contraere matrimonio este proximo 30 de junio. QUE TAL YA ......PUEDEN IMAGINARSE TODO EL TRABAJO QUE TENGO QUE HACER EN ESTE CORTO MES.........

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